Fin de semana en Sevilla

plaza de España

Los nervios me atenazaban. Algo lógico cuando te enfrentas a una prueba deportiva tan exigente como es el maratón y cuando tienes ocasión de descubrir una nueva ciudad. He de decir que era la primera vez en mi vida, con algo más de 30 años, que atravesaba la barrera de la capital de España para llegar hasta el sur. No por nada en concreto, más bien por las comunicaciones tan deficientes que tenemos en Asturias. Con apenas un par de vuelos a Madrid, Barcelona y poco más. Eso sí, los pagamos a precio de chárter. Nosotros decidimos partir en coche el viernes 22 de febrero. Por delante nos esperaba un viaje de 7 horas y media, algo menos de lo que pensaba. Otros optaron por viajar desde el Principado hasta Santander, para coger desde allí un vuelo con dirección a Sevilla.

Ya en tierras andaluzas optamos por un hotel de 4 estrellas que estaba pegado al Estadio Olímpico de la Cartuja, justo donde estaba la llegada del maratón. Para cualquiera que haya afrontado este reto sabe las dificultades que atraviesa uno para desplazarse después de esta ‘paliza’. El hotel estaba un poco apartado del centro urbano, pero para mí era ideal.

calle de sevilla

Al día siguiente nos fuimos a la feria del corredor ubicada en los pasillos del propio estadio. He de reconocer que soy un admirador de las instalaciones deportivas y da cierta lástima ver como la de La Cartuja se limita a eventos contados. Un recinto grande pensado en su día para unos campeonatos de atletismo que no han encontrado un uso muy claro. No dudé ni un minuto hacerme unas fotos en las gradas.

El siguiente paso, siempre pensando en la carrera que me esperaba al día siguiente por la mañana, nos fuimos a buscar un sitio para cenar por la noche. Nuestro esfuerzo se centraba en un italiano que nos aportase los hidratos necesarios en forma de macarrones o spaguetis. Nos recomendaron uno en la calle Betis, en la zona de Triana, casi pegado al gran Guadalquivir. Nos dijeron que se llamaba ‘Mamma Mía’, pero encontramos uno que era el ‘Cosa Nostra’. Todo muy italiano. Con el paso de los minutos me fui dando cuenta que me caería de la cena. Salir del hotel a las 8 de la tarde para ir a cenar, necesitando del coche para desplazarnos, me iba a dar mucha pereza. Y así fue. Opté por comprar en un supermercado Más algo de ensalada de pasta, de las de Isabel, y un poco de embutido y demás.

calle betisLa mañana se nos echaba encima, pero pudimos conocer la Torre del Oro y la Maestranza. Si digo la verdad, y que me perdonen los amantes al toreo, pero esperaba algo más de la conocida plaza de toros. Solo la vi por dentro, pero esperaba otra imagen del recinto. En mi opinión estaba demasiado integrada en la calle entre los edificios y si no te fijases bien podría pasar incluso desapercibida.

Torre del OroTorre del OroCogemos el coche que dejamos en un parking subterráneo, por el que nos ‘clavaron’ casi cinco euros por dos horas. Ahora que hablamos de aparcamiento, hay una cosa que detesto y que en Sevilla prolifera bastante. Y es la presencia de los ‘gorrillas’ (gente que te busca un aparcamiento a cambio de propinilla). Me parece muy bien que la gente se gane la vida de manera honrada, pero nadie tiene la obligación de pagar por estacionar su coche, salvo que así lo establezca el Ayuntamiento. Es algo que a mí me echa para atrás.

La maestranza de sevilla

A las tres de la tarde del mismo sábado nos dirigimos hasta las instalaciones de Isla Mágica, otro parque de atracciones en horas bajas. Desconozco si está cerrado o sigue con actividades, pero fue el lugar escogido por la organización para celebrar la tradicional comida de pasta con la que obsequian a los deportistas y a sus familias. Tuvimos que soportar una cola de unos 40 minutos y por suerte el sol no apretaba demasiado. Cuando nos pusimos a comer eran casi las 4, y por suerte soy de los tipos previsores que opta por desayunar en grandes cantidades cuando el hotel cuenta con buffet. Ya que lo pagas, que menos, ¿no? Una vez acabada la comida, más bien escasa en mi opinión, de vuelta para el hotel. A partir de ahí tocaba encerrarse en el hotel como un monje de clausura a descansar. Las malas experiencias me han permitido descubrir que hacer turismo el día antes de una carrera no es recomendable. Lo comprobé en Berlín, donde nos perdimos y no llegamos al hotel hasta la noche y con unos cuantos kilómetros en las piernas.

Isla-MágicaDesde las 5 de la tarde del sábado hasta las 8 de la mañana del día siguiente sin salir de la habitación. Ya en carrera y después de casi tres horas de maratón puedo decir que no vi nada de Sevilla. Casi nunca reparo en lo que me rodea cuando corro, ya que intento ir lo más concentrado posible. Solo tengo recuerdo del estadio del Betis, el Benito Villamaría, cuando llevábamos unos 30 kilómetros. También, me fije en los termómetros de las calles. Salimos con unos 3ºC y a medida que pasaban los minutos el mercurio iba subiendo. 6, 8,11 y así hasta casi los 20. Veía a la gente muy abrigada al comienzo de la mañana, pero a medida que avanzaba la carrera se iban despojando de ropa. Los 3ºC de primera hora de la mañana eran como los 10 o 12 que podemos tener en el norte, o al menos esa era la sensación que tenía yo. Acabamos a las 12 del mediodía y después de buscar a mis compañeros de viaje me dispongo a ir al hotel a ducharme. Cogimos en el entorno del estadio de La Cartuja un autobús urbano que iba repleto de gente y que nos dejó en el centro. A partir de ahí caminamos una media hora en busca de algún bar para tomar unas tapas. Reparamos en uno con terraza y con pinta de nuevo, pero dejándonos guiar por el aspecto y también por el hambre que nos acechaba optamos por un local llamado Puerta Real, ubicado en la calle San Laureano. Dos cañas y un par de tapas, pero una llega con 20 minutos de retraso y la otra nunca llegó. Después de recordarle dos veces al encargado, por llamarlo de alguna manera, la tapa que nos faltaba, me acabé hartando y marché tras recriminarle su actitud. Quizás fue un poco violento, pero me parece una falta de respeto y profesionalismo que se hayan pasado por el forro lo que les pide la clientela. Les llamé la atención de manera acalorada, algo normal a las 4 de la tarde y después de 40 minutos de espera por un trozo de carne. Intentaron disculparse de cara a la galería, pero la imagen que me llevé de los hosteleros sevillanos no era la mejor. A partir de ahí tocaba buscar otro sitio para intentar comer. Reconozco que pensé en ir a lo seguro y pasar por el Burger King, pero seguimos buscando algún sitio decente. Apostamos por acercarnos hasta Triana. Si digo la verdad, después de la primera experiencia todo eran dudas y ya sospechábamos de cualquier bar. ¿A ver cómo nos atienden y qué nos dan?, pensábamos.

la cartujaEntramos en una taberna que está situada en una calle peatonal, en concreto en la calle San Jacinto. Hablo del bar Miami, un nombre poco andaluz, la verdad. Nada más entrar nos sientan en una sala con apenas tres mesas. A esas horas estamos solos y muy tranquilos. Después de la primera experiencia no somos muy optimistas con el segundo intento. Por probar no se pierde nada. Apostamos por unas tapas de paella, croquetas caseras (muy ricas), calamares, gambas fritas y tortillita de camarones. No solo aprobaron, más bien diría que sacaron una nota muy alta. El camarero estuvo atento y veías a auténticos profesionales de la hostelería. Siempre me gustó a camareros comprometidos, que no se detienen un segundo y que corren de un sitio para otro. Quedamos encantados con la atención y con la comida. Todo esto por 14 euros (con dos cañas incluidas). Como también A continuación nos dirigimos a una franquicia de helados que había junto al bar. Me permito unos cuantos lujos después de la carrera, como comer un helado y dos donuts. La tarde era larga y tocaba patearse Sevilla de nuevo. Visitamos los lugares más típicos de la ciudad, como la Giralda y la Plaza de España, que me pareció espectacular, sobre todo a última hora de la tarde cuando el sol desaparecía.

La giralda de SevillaLa giralda de SevillaNo puedo pasar por alto lo bien aprovechada que están las orillas del río hispalense, además de los carriles-bici que recorren gran parte de la ciudad. Al ser una ciudad bastante llana invita a subirse en la bici y recorrer sus calles.

plaza de España2Una vez acabado nuestro tour particular volvemos a orillas del Guadalquivir hasta adentrarnos de nuevo a la zona de Triana. El ambiente que reinaba por la tarde en la zona iba aminorando a medida que anochecía. Hacemos una parada para tomar unas cervezas en un bar de la calle San Jacinto. Nos ponen de pincho tres quisquillas a cada uno y a la hora de despedirse no tienen la educación ni de dar las gracias ni un hasta luego. La verdad es que no me quedé con el nombre ni posiblemente pase a la historia como un gran establecimiento. Una cosa que me llama mucho la atención de Sevilla, también puede ser por desconocimiento, es que en todos los locales te ponen cerveza Cruzcampo, que no destaca precisamente por su calidad, pero te la sirven bien fría para atajar la sed y combatir el calor.

rio GuadalquivirSe acercaba la hora de cenar, así que decidimos acudir de nuevo al Miami, apostando por lo seguro. En esta ocasión apostamos por un ‘menú’ más carnívoro, con rabo de toro, cruceta ibérica y carne al whisky (no recuerdo que clase era, pero por lo visto en varios bares es típico de la zona) que estaba espectacular. Nos volvimos encontrar con el mismo camarero que nos atendió al mediodía. Al igual que me gusta criticar aquellos platos platos, también elogié su actitud y la calidad de las platas. Nos invitaron a dos chupitos, un detalle. Tocaba afrontar ya las últimas horas en la ciudad hispalense, pero lo peor en el plano gastronómico estaba por llegar. De regreso a casa, cuando afrontábamos los últimos kilómetros antes de ingresar en Asturias paramos en un hotel-restaurante por llamarlo algo. Nos tuvimos que desviar un par de kilómetros. Los pocos coches del aparcamiento no invitaban a entrar. Entramos pese a mis reticencias, y el menú era bastante cutre, con spaguetis o alubias y de segundo lomo o jamón asado. Comida escasa y fría. La misma persona que atendía el bar era la encargada de la cocina. Lo que se llama multiusos. Al final la avería nos costó algo más de 11 euros por cabeza. Una experiencia más que añadir. Esperemos que no se nos olvide para que vuelva a suceder.


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